top of page

Encontrando tu voz en el trabajo: Un viaje hacia la autoconfianza

  • 5 mar
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 7 abr

El impacto del miedo a la autoridad


A veces, el miedo a las personas autoritarias, o nuestras actitudes antagónicas hacia ellas, no provienen de nuestro ambiente de trabajo, sino desde mucho antes.


Recuerdo como si fuera ayer mi primera reunión de gestión en mi puesto anterior. El corazón me latía con fuerza en el pecho. Sentía que se me tensaban los hombros cada vez que me preparaba para hablar. Mi respiración era superficial y mi voz casi se me quebraba al compartir una sugerencia con el jefe de equipo.


Muchas veces he callado, preocupada de que mi opinión pudiera ser ignorada o malinterpretada. En ese momento, reconocí una sensación familiar que tuve cuando era niña. La autoridad absoluta de mi padre y el silencio emocional en casa me enseñaron a andar con cuidado con quienes tienen más poder. Es un sentimiento habitual en quienes crecimos en hogares disfuncionales, marcados por la rigidez o la explosividad de alguno de nuestros padres.


Las heridas de la infancia


Hogares donde nunca se habló de nuestras emociones nos enseñaron a relacionar la autoridad con el dolor o la injusticia. Ahora, como adultos, estas heridas de la niñez pueden manifestarse en nuestra vacilación para hablar ante una figura de poder. A veces, sentimos un nudo en el estómago al anticipar su reacción. Otras veces, sentimos la necesidad de desafiar su autoridad para no perder nuestra voz.


Imagen que representa la division que sentimos cuando sufrimos el sindrome del impostor. Dudamos de nuestras capacidades y pensamos que no merecemos el puesto en el trabajo o el salario que recibimos

El síndrome del impostor y su efecto


Este patrón que llevamos dentro puede complicar nuestras vidas profesionales, especialmente si está entrelazado con el síndrome del impostor. Cuando nos invade este síndrome, dudamos de nuestras capacidades. Sentimos que no merecemos nuestros logros. Pasamos mucho tiempo titubeando en los puestos de trabajo, temiendo ser descubiertos como un fraude.


Nos volvemos más vulnerables a sentirnos inadecuados, especialmente cuando en nuestra infancia aprendimos a sobrevivir adaptándonos a las necesidades de los demás. Así, llegamos a creer que nuestros logros se deben a la suerte o al azar, no a nuestras habilidades y esfuerzo. Estas estrategias de supervivencia suelen manifestarse en nuestra vida laboral adulta.


Por ejemplo, podemos prepararnos en exceso para las reuniones. Dudar constantemente de nuestras ideas antes de compartirlas, evitar pedir feedback por miedo a críticas o descartar nuestras contribuciones en grupos. Pero aquí viene otro tema que nos concierne como mujeres o como latinos. Los ecos de ese sentimiento se amplifican cuando no vemos a muchas personas de nuestro género, etnia o historia de vida en espacios de liderazgo.


En mi caso, he estado como la única mujer en muchas ocasiones. Gracias a mi síndrome de impostora, no he luchado lo suficiente por ser invitada.


Un grupo diverso de colegas comparte un momento de alegría y camaradería en la oficina, reflejando un sentido de pertenencia e inclusión en el entorno laboral.

Factores institucionales que amplifican el miedo


Más allá de la historia personal, los factores institucionales pueden amplificar estos sentimientos. Las prácticas de promoción sesgadas, la falta de modelos diversos en el liderazgo y las culturas organizativas que favorecen ciertos estilos de comunicación pueden reforzar un sentido de no pertenencia. Esto es especialmente cierto para quienes pertenecen a grupos poco representados.


Reconocer estos mecanismos de afrontamiento es importante. Pero también lo es notar cuándo el sistema más amplio necesita cambiar. No solo debemos trabajar para adaptarnos como individuos, sino también apoyar entornos donde todos sientan que pertenecen.


!

Sanar estas heridas implica reconocer y honrar lo que sobrevivimos. No significa negar de dónde venimos. Significa sentir el dolor antiguo. Podemos "notar y abrazar"—reconocer lo que nos pasó y luego cuidarnos y amarnos a nosotros mismos.

En muchos casos, atender nuestras heridas puede significar hablar con un terapeuta profesional o un grupo de sobrevivientes de hogares disfuncionales sobre lo que vivimos.


Liderazgo consciente y su importancia


Para quienes tenemos puestos administrativos, es importante recordar que liderar con atención plena significa trabajar con los miembros de nuestro equipo. Debemos transformar su miedo y lograr escuchar su voz, pues se presentan al trabajo tal y como son.


Pasos concretos para encontrar tu propia voz en el trabajo


  1. Observa tu diálogo interno. Empieza por notar cómo te hablas cuando cometes un error o enfrentas un desafío. Sustituye frases de duda (“no soy lo suficientemente buena”) por afirmaciones basadas en hechos (“he resuelto retos complejos antes; puedo hacerlo otra vez”).


  2. Registra y celebra tus logros. Lleva un diario o carpeta con proyectos, reconocimientos o testimonios de impacto. Esto ayuda a reentrenar tu mente para ver evidencia concreta de tus capacidades.


  3. Busca espacios seguros de apoyo. Un terapeuta, mentor o grupo de colegas de confianza pueden ofrecer perspectiva y contención. Compartir experiencias ayuda a normalizar estas emociones y desactivar la vergüenza.


  4. Disuelve la comparación constante. Cada trayectoria tiene su propio ritmo. En lugar de medir tu valía frente a otros, enfócate en tu crecimiento, aprendizajes y valores personales.


  5. Prepárate, pero suelta el perfeccionismo. La preparación te da seguridad, pero la perfección paraliza. Acepta que parte del liderazgo es aprender en público, con humanidad y vulnerabilidad.


  6. Da pequeños pasos hacia tu voz auténtica. Propón una idea en la próxima reunión, pide retroalimentación o expresa un desacuerdo con respeto. Cada paso que tomas refuerza nuevas conexiones internas: ya no hablas desde el miedo, sino desde la integridad.


  7. Recuerda que tu presencia importa. Cuando traes tu historia, perspectiva y sensibilidad al espacio de trabajo, amplías lo posible para otros. Tu voz no solo te libera a ti; también abre camino para quienes vienen detrás.


Al final, cada uno de nosotros tiene una historia que contar. Nuestras experiencias, aunque a veces difíciles, nos han formado. Y al compartir nuestras voces, no solo sanamos nosotros mismos, sino que también creamos un espacio donde otros pueden sentirse seguros para hacer lo mismo.

 
 
 

Comentarios


bottom of page