Encontrando nuestra propia voz en el trabajo: reflexiones sobre el poder, la infancia y el liderazgo.
- hace 5 días
- 4 Min. de lectura

A veces el miedo a las personas autoritarias, o nuestras actitudes antagónicas hacia ellas, no provienen de nuestro ambiente de trabajo, si no desde mucho antes.
Recuerdo como si fuera ayer mi primera reunión de gestión en mi puesto anterior. El corazón me latía con fuerza en el pecho y sentía que se me tensaban los hombros cada vez que me preparaba para hablar, mi respiración era superficial y mi voz casi se me quebraba cuando iba a compartir una sugerencia con el jefe de equipo.
Muchas veces he callado preocupada de que mi opinión pudiera ser ignorada o malinterpretada. En ese momento, reconocí una sensación familiar que tuve cuando era niña; cuando la autoridad absoluta de mi padre y el silencio emocional en casa, me enseñaron a andar con cuidado con quienes tienen más poder. Es un sentimiento habitual en los que crecimos en hogares disfuncionales marcados por la rigidez, la explosividad de alguno de nuestros padres, o padres con la necesidad de controlarnos. Hogares en los que nunca se habló de nuestras emociones, relacionamos la autoridad como fuente de dolor o injusticia. Ahora de adultos, estas heridas de la niñez, pueden manifestarse en nuestra vacilación para hablar ante una figura de poder, en el nudo en el estómago al anticipar su reacción, o en la necesidad de desafiar su autoridad para no perder nuestra voz.

Este patrón que llevamos dentro, puede complicar nuestras vidas profesionales si está entrelazado con el síndrome del impostor. Cuando nos invade el síndrome del impostor, dudamos de nuestras capacidades y sentimos que no merecemos los logros, nos pasamos un buen tiempo titubeando en los puestos de trabajo, porque tememos ser descubiertos como un fraude. Somos más vulnerables a sentirnos inadecuados, cuando en nuestra infancia aprendimos a sobrevivir adaptándonos a las necesidades de los demás. Asi llegamos a a creer que nuestros logros se deben a la suerte o al azar, no a nuestras habilidades y esfuerzo. Estas estrategias de supervivencia suelen manifestarse en nuestra vida laboral adulta. Por ejemplo, podemos prepararnos en exceso para las reuniones, dudar constantemente de nuestras ideas antes de compartirlas, evitar pedir feedback por miedo a críticas o descartar nuestras contribuciones en grupos. Pero aquí viene otro tema que nos concierne como mujeres o como latinos. Los ecos de ese sentimiento se amplifican cuando no vemos a muchas personas de nuestro género, etnia o historia de vida en espacios de liderazgo. En mi caso, he estado como la única mujer en muchas ocasiones, gracias a mi síndrome de impostora no he luchado lo suficiente por ser invitada....

Más allá de la historia personal, los factores institucionales pueden amplificar estos sentimientos. Las prácticas de promoción sesgadas, la falta de modelos diversos en el liderazgo y las culturas organizativas que favorecen ciertos estilos de comunicación, pueden reforzar un sentido de no pertenencia, especialmente para quienes pertenecen a grupos poco representados. Reconocer estos mecanismos de afrontamiento es importante, pero también lo es notar cuándo el sistema más amplio necesita cambiar, para que no sólo trabajemos para adaptarnos como individuos, si no también apoyando entornos donde todos sientan que pertenecen.

Sanar estas heridas implica reconocer y honrar lo que sobrevivimos; No significa negar de dónde venimos. Significa, sentir el dolor antiguo, podemos "notar y abrazar"—reconocer lo que nos pasó y luego cuidarnos y amarnos a nosotros mismos.
En muchos casos, atender nuestras heridas puede significar hablar con un terapeuta profesional o a un grupo de sobrevivientes de hogares disfuncionales sobre lo que vivimos.
Para los que tenemos puestos administrativos, es importante recordar que liderar con atención plena significa trabajar con los miembros de nuestro equipo, para transformar su miedo y que logremos escuchar su voz, pues se presentan al trabajo tal y como son.
Pasos concretos para encontrar tu propia voz en el trabajo:
Observa tu diálogo interno. Empieza por notar cómo te hablas cuando cometes un error o enfrentas un desafío. Sustituye frases de duda (“no soy lo suficientemente buena”) por afirmaciones basadas en hechos (“he resuelto retos complejos antes; puedo hacerlo otra vez”).
Registra y celebra tus logros. Lleva un diario o carpeta con proyectos, reconocimientos o testimonios de impacto. Esto ayuda a reentrenar tu mente para ver evidencia concreta de tus capacidades.
Busca espacios seguros de apoyo. Un terapeuta, mentor o grupo de colegas de confianza pueden ofrecer perspectiva y contención. Compartir experiencias ayuda a normalizar estas emociones y desactivar la vergüenza.
Disuelve la comparación constante. Cada trayectoria tiene su propio ritmo. En lugar de medir tu valía frente a otros, enfócate en tu crecimiento, aprendizajes y valores personales.
Prepárate, pero suelta el perfeccionismo. La preparación te da seguridad, pero la perfección paraliza. Acepta que parte del liderazgo es aprender en público, con humanidad y vulnerabilidad.
Da pequeños pasos hacia tu voz auténtica. Propón una idea en la próxima reunión, pide retroalimentación o expresa un desacuerdo con respeto. Cada paso que tomas refuerza nuevas conexiones internas: ya no hablas desde el miedo, si no desde la integridad.
Recuerda que tu presencia importa. Cuando traes tu historia, perspectiva y sensibilidad al espacio de trabajo, amplías lo posible para otros. Tu voz no solo te libera a ti: también abre camino para quienes vienen detrás.




Comentarios